domingo, 31 de mayo de 2015

144. Capítulo final


La noticia no le pilló de sorpresa. No es que tuviese ninguna prueba que le llevase a imaginarlo, pero el hecho de ser tan hipocondriaco le había preparado ya para lo peor.
Al día siguiente, no recordaba casi nada de lo que le dijo el médico, salvo "tumor inoperable". Lo importante era que ya se había marcado su fecha de caducidad. Unos meses más, y todos esos años de amigos, encuentros, viajes, trabajos y vivencias llegarían a su fin.
Estuvo un tiempo reflexionando sobre el sentido de la vida, pasando noches en vela y buscando excusas para no ir a trabajar. Hasta que llegó el día en que decidió pasar a la acción. Durante toda su vida se había vuelto paranoico por un simple dolor de cabeza, así que en cierta forma se había preparado para las malas noticias. Tomó la próxima muerte como un paso más, sin detenerse a asomarse al abismo del "más allá", pues le producía pánico aceptar que no habría nada. La decisión más difícil fue la relativa a Irene. La luz de su vida, su compañera de viaje. Precisamente, por todo lo que la quería, decidió que lo mejor sería evitarle todo ese camino de sufrimiento. No quiso que tuviese que pasar por el shock de un novio muriéndose en sus brazos, así que se montó una historia para tratar de que ella aceptase que la dejaba, así sin más, sin aviso previo ni preparación posible. Fue duro, y sabía que ella estaba sufriendo, pero no miró atrás y trató de ahogar sus sentimientos.
Y decidió hacer aquello que le iban a arrebatar en breve: vivir. Vivir sin miedos ni ataduras. Se despidió del personal de su banco con todo el dinero de su cuenta en un sobre y se lanzó a probar aquello que siempre había querido pero nunca hecho. Probó la carne de Kobe a unos pocos kilómetros de Tokio; vio canguros, jirafas y osos panda en sus respectivos hábitats; subió a Laponia a conocer a Papá Noel... Una madrugada, mientras contemplaba el cielo desde su ventana helada esperando ver una aurora boreal, pensó en todo lo que tenía que hacer aún, en todos los momentos que quería capturar, en que en cualquier momento alguien apretaría la tecla de OFF y se acabaría todo, pues ya le advirtieron de que sería así, sin avisar.
Y así fue. Cuando estaban a punto de aterrizar en Dublín, la azafata se le acercó para despertarle, pero no lo hizo. Un médico a bordo no pudo hacer más que confirmar su muerte.
Mecachis, se quedó sin tomar una última pinta.