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miércoles, 10 de mayo de 2017

172. Volar


Había una vez un pequeño pájaro que era un gran volador. Le encantaba surcar los cielos y observar los paisajes desde cientos de metros de altura: los bosques, los mares, los acantilados. Sus estancias en tierra siempre eran muy breves, y enseguida reemprendía el vuelo.

En una ocasión, nuestro amigo se lastimó una pata al aterrizar. Esa herida le hizo estar un tiempo en tierra, pues no podía asegurarse un nuevo aterrizaje seguro. El necesario descanso le vino muy bien, y la patita se curó totalmente. Ya estaba preparado para reemprender el vuelo. Un día aparecieron unas corrientes de aire muy favorables; sin embargo, el pájaro no se atrevió a despegar, temeroso del futuro aterrizaje. "Ya habrá mejor ocasión", pensó. Aprovechó para descansar unos días más, alimentándose del gran número de insectos que poblaban la zona.

Volvió a aparecer otra corriente de aire, aún más favorable que la anterior. Estuvo a punto de emprender el vuelo esta vez, pero de nuevo quiso evitar cualquier aterrizaje que le pudiese lastimar. Así que permaneció en tierra varios días más.

Esto se repitió en varias ocasiones. El pájaro añoraba las vistas desde el cielo y el viento golpeándole en la cara mientras volaba; sin embargo, sabía que lo más seguro para no volver a lastimarse sería quedarse en tierra. Total, allí tenía refugio y toda la comida que quisiera. ¿Para qué volar?

La añoranza y la melancolía iban siendo cada vez más fuertes y se dijo que esa vida no tenía sentido si no volvía a estar entre las nubes. Así que un día, sin esperar a ninguna gran racha de viento, desplegó sus alas para despegar. Pero algo no estaba bien. No recordaba cuál debía ser la posición de las alas para poder volar. Las movió, las agitó, mas no se movió del suelo.

Había olvidado cómo volar. Había pasado demasiado tiempo.


La moraleja está clara: no cenéis mucho justo antes de acostaros, que luego no descansáis bien.
O algo así, no sé.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

170. Santi y Eva


Sorprendiéndose a sí mismo, ahí estaba Santi, totalmente desnudo, mostrándose sin pudor ante ella. Parecían haber desaparecido todos sus complejos e inseguridades, y se mostraba natural, con sus pelos, su tripilla, sus cicatrices de la reciente operación. Eva era de las pocas personas que había conseguido eso en tan poco tiempo. Con ella se sentía confiado y a gusto.

No podía dejar de mirar sus ojos; esos ojos grises azulados llenos de historias. Cómo se entornaban con su preciosa sonrisa, que ella había sido incapaz de evitar en todo el día. Con sus dedos, recorría las femeninas curvas, el pliegue del ombligo, los pequeños pezones, los lunares de los hombros. Adoraba sus imperfecciones, todo aquello que se salía de los cánones de belleza de las revistas. Sabía que prefería ese cuerpo que exploraba ahora con sus manos a aquellos artificiales maniquíes. Esto era lo que le excitaba, lo que había llevado a esas horas de desenfrenado sexo previo y actual estado de atontamiento.

Santi no sabía qué era esto, a dónde les llevaba y si tenía sentido; al fin y al cabo, hace apenas un mes era una desconocida. Ahora sólo se preocupaba del momento, de entregarse a esa chica con la que tenía una confianza digna de varios años de relación. Y así llegó el amanecer, amenazando con una nueva jornada laboral sin haber dormido nada, iluminando la habitación mostrando prendas aquí y allá.

- ¿Nos vemos esta tarde?
- Alguien tendrá que comerse todo lo que sobró de la cena…

"Maldita sea, quita esa sonrisa que me atrapa o no podré irme nunca a trabajar".


martes, 8 de noviembre de 2016

168. Algo bonito


Buenos días, dragoncito. Me gusta tu sonrisa por la mañana. Nuestros ritmos son distintos: por la noche tú caes en coma según te acuestas; sin embargo es por la mañana cuando mi cuerpo está en modo "ahorro de batería". Pero tu sonrisa según preparamos el desayuno tiene más efecto que el café.

Ambos sabemos que estas mañanas son efímeras. Que representan una vía muerta, por la que se puede circular pero que en breve llegará a los topes del final. Me aseguraré de que este tren llegue despacito para que ese final no sea abrupto.

Lo importante en la vida (de hecho, lo único real) es el presente. El pasado no existe (existió, y debemos mirarlo con la distancia suficiente) y el futuro tampoco (y de hacerlo, será distinto del que imaginas ahora). Por eso, lo importante es lo que vivimos. Y por eso quiero disfrutar de ti, de la sonrisa, de las charlas con mantita y de las pelis con abrazos. De este tiempo finito pero bonito.

No quiero bonitos recuerdos tuyos, quiero que seas una realidad. En una forma distinta a las historias con final feliz, pero haciendo que este otoño sea un poco menos frío.


sábado, 6 de agosto de 2016

165. Extracto



Y estos días recuerdo cuando compartías conmigo esas chorradas por las redes sociales. Y cuando seguíamos escribiendo por el móvil minutos después de habernos despedido en tu portal. Recuerdo cómo te acordabas de mí en cualquier momento y me escribías, o compartías conmigo audios de temazos que sonaban y a ambos nos encantaban. Los paseos por la playa, las risas en el cine, los golpes a la raqueta. Todo eso se ha ido extinguiendo. No, nunca llegamos a nada, las circunstancias, la distancia, tus viajes, lo impedían. Pero la chispa siempre estuvo. Ahora lo dudo.

Es mejor; la distancia, tanto física como figurada, ha ayudado a que la llamita no provoque un incendio. Bueno, eso me dice el cerebro. Su tozudo vecino corazón se resiste a darse por vencido y manda señales a las tripas para que se revuelvan cuando algo me recuerda esos momentos.



Nota: Extraído de mis Textos Inconclusos. No es autobiográfico ;)



martes, 2 de agosto de 2016

164. Consejos de supervivencia para jóvenes sensibles


[Autor del texto: Marwan]


No te fíes de todos aquellos visionarios que te hablen de la vida sin caballos galopando en su mirada.

Ni escuches a quien no alce la vista de vez en cuando para mirarle las bragas a una estrella. No verás a ninguno de ellos llorando de emoción tras un orgasmo, o por una canasta sobre la bocina del eterno segundón. Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, de los que encuentran a Dios al abrir tu cremallera.

Síguelos a ellos. A los que piensan que solo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir. A los poetas que saben que quien tiene un lápiz lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue solo a esos. A los que buscan la hermosura en la niebla de un poema. A aquellos que cuando tocan una piel comprenden todo.

Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada. De aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que un Lunes tiene un callejón hacia el Nirvana. De todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera y no una muchacha con la risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fies de quien defienda a esos corruptos, que cuando sobra agua se inventan un modo de vender la sed.

Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen. Que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo y para eso tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.

Evita los consejos, cualesquiera que sean.

Que no pongan tu corazón al frente, y olvida también estos consejos… uno a uno, y sé feliz.


jueves, 7 de julio de 2016

163. Lo que queda al final


Realmente, no se enteró de la transición. Sólo recordaba la desagradable sensación de desear que todo acabase y pudiese descansar. Y no podría decir en qué preciso momento se fue, igual que cuando te duermes por una anestesia.

El hecho es que se encontraba ahora aquí. Sin saber qué es este "aquí", pues las otras personas también estaban algo desorientadas, esperando no se sabe muy bien qué. Esto no tenía nubes y arpas, ni fuego y oscuridad. Tampoco había tristeza en la gente, o desesperación; al fin y al cabo era la primera vez que se morían y no sabían ni cómo reaccionar.

Pero ahí estaban. Como si se llevasen esperando mucho tiempo y encontrarse fuera lo más normal del mundo. Toda la gente a la que había querido, y que se había ido antes o se había ido después; realmente importaba poco el orden de llegada. Y estaba su primer amor, radiante como siempre. Y su locura de verano. Y aquella amistad "especial" que tantos quebraderos de cabeza le causó. Y aquella persona con la que firmó unos papeles de unión y otros de separación unos años después. Y su amor secreto, que ahora sabía todo.

Y lo que unía a todos, en ese momento, era el amor. Nada importaban las rayadas, las complicaciones, las diferencias. Se quitó preocupaciones y se le hinchó el pecho con esa sensación tan agradable de plenitud. Comprendió que la vida es complicada, eso es inevitable, pero que al final se estaba quedando con lo que de verdad importa. Y que lo que le mantuvo vivo todos esos años, más aún que la mecánica de su corazón, fue esa conexión con la gente especial, ese cariño. Y que ni uno solo de los abrazos o los besos que dio estuvo de más, pues fue oxígeno para sus pulmones, sangre para sus venas.

No dejéis nunca de amar, pequeños, aunque os complique la vida. Benditas complicaciones.

viernes, 7 de agosto de 2015

148. Hoy... una brecha


[ Rescato este texto que escribí en Agosto de 2009, uno de mis momentos bajos ]



Y... ¿has pensado en mí estos meses?
¿Te ha preocupado alguna vez el rumbo de mi vida?

Supongo que conoces los grandes titulares, igual que yo sé de ti. Sin profundizar en la noticia. Sin saber realmente el uno del otro.

Y... ¿me has echado de menos?
Lo supondrás, pero yo a ti sí, mucho. Y sabes que no de aquella forma, aquello que pasó, que finalizó y que no resurgirá porque se fundió y perdió su forma.

Echo de menos esas risas cómplices, ese llegar donde nadie llega. Esa forma increíble de saber sin palabras algo que nadie más puede intuir.

Esas llamadas en la distancia, esa confianza ciega, esos secretos.

Esa parte que has sido, eres y serás en mi vida.

Quizá porque despertaste algo en mí que nadie más consiguió nunca, quizá porque contigo llegué a lo más alto, quizá porque... eres tú.

...quizá porque soy imbécil...

Por lo que sea, pero no puedo tolerar que desaparezcas de mi vida...



Aunque nunca llegues a leer esto.


domingo, 31 de mayo de 2015

144. Capítulo final


La noticia no le pilló de sorpresa. No es que tuviese ninguna prueba que le llevase a imaginarlo, pero el hecho de ser tan hipocondriaco le había preparado ya para lo peor.
Al día siguiente, no recordaba casi nada de lo que le dijo el médico, salvo "tumor inoperable". Lo importante era que ya se había marcado su fecha de caducidad. Unos meses más, y todos esos años de amigos, encuentros, viajes, trabajos y vivencias llegarían a su fin.
Estuvo un tiempo reflexionando sobre el sentido de la vida, pasando noches en vela y buscando excusas para no ir a trabajar. Hasta que llegó el día en que decidió pasar a la acción. Durante toda su vida se había vuelto paranoico por un simple dolor de cabeza, así que en cierta forma se había preparado para las malas noticias. Tomó la próxima muerte como un paso más, sin detenerse a asomarse al abismo del "más allá", pues le producía pánico aceptar que no habría nada. La decisión más difícil fue la relativa a Irene. La luz de su vida, su compañera de viaje. Precisamente, por todo lo que la quería, decidió que lo mejor sería evitarle todo ese camino de sufrimiento. No quiso que tuviese que pasar por el shock de un novio muriéndose en sus brazos, así que se montó una historia para tratar de que ella aceptase que la dejaba, así sin más, sin aviso previo ni preparación posible. Fue duro, y sabía que ella estaba sufriendo, pero no miró atrás y trató de ahogar sus sentimientos.
Y decidió hacer aquello que le iban a arrebatar en breve: vivir. Vivir sin miedos ni ataduras. Se despidió del personal de su banco con todo el dinero de su cuenta en un sobre y se lanzó a probar aquello que siempre había querido pero nunca hecho. Probó la carne de Kobe a unos pocos kilómetros de Tokio; vio canguros, jirafas y osos panda en sus respectivos hábitats; subió a Laponia a conocer a Papá Noel... Una madrugada, mientras contemplaba el cielo desde su ventana helada esperando ver una aurora boreal, pensó en todo lo que tenía que hacer aún, en todos los momentos que quería capturar, en que en cualquier momento alguien apretaría la tecla de OFF y se acabaría todo, pues ya le advirtieron de que sería así, sin avisar.
Y así fue. Cuando estaban a punto de aterrizar en Dublín, la azafata se le acercó para despertarle, pero no lo hizo. Un médico a bordo no pudo hacer más que confirmar su muerte.
Mecachis, se quedó sin tomar una última pinta.

martes, 11 de noviembre de 2014

137. Ven



Ven, cógeme, secuéstrame, llévame a tu escondite secreto, para que se convierta en nuestro. Regálame el amanecer a tu lado, el roce de tu cuerpo entre sueños, tu vaso de agua, el abrazo al despertar y el vello de tu pecho acariciando mi mejilla.
Quiero olvidarme de niñatos y de tíos de vuelta de todo; de despegados y acosadores; de quien cree conocerme mucho y de quien no quiere conocerme. De promesas incumplidas. De reproches. De quien aprovecha cualquier excusa para echarme algo en cara. De quien empieza las conversaciones con "yo" y las sigue con "yo". De quien se cree con derecho a llamarte "amigo" cuando no es capaz de saber qué me hace daño, o cómo evitarlo.

Anoche te vi. A ti. Y desperté.



[Mini-relato escrito en 2009]


lunes, 9 de diciembre de 2013

125. Reflexiones de primavera


No sabe por qué lo hizo, pero ese día no se subió al autobús. Pasó de largo la parada y siguió andando, calle abajo. No había razón, ni tampoco destino. Pero, simplemente, como si fuese lo más natural del mundo, sintió que ese día no debía ir a trabajar. No pensó en excusas, planes o cosas pendientes, simplemente siguió los pasos que una especie de sexto sentido, o de Destino escrito en alguna parte, le marcaban.

Tras andar un buen rato en dirección al centro de la ciudad, de pronto notó como si descendiese de su nube, como si volviese a pisar tierra, como si desapareciese esa bruma que le había llevado hasta allí, y se vio a sí mismo desde fuera. Ahí estaba, en aquellas céntricas calles que sólo pisaba algunos días, especialmente aquellos que dedicaba a compras, y que compartía con miles de personas que tenían su mismo horario laboral. Pero ahora estaba en un ambiente totalmente distinto. Era primera hora, los comercios no estaban abiertos, y la frenética actividad se había trasladado de las aceras a la calzada, y ofrecía un espectáculo de miles de coches rodeados por una densa nube de contaminación, gritos, caras amargas, pitidos de guardias y algún que otro claxon. Le resultó chocante ver aquella escena desde fuera, algo en lo que participaba diariamente desde hacía años, y ahora le resultaba tan ajeno.

Sintió una curiosa sensación de libertad, como si hubiese roto unas cadenas invisibles que le tenían preso desde hacía mucho tiempo. Una libertad que sentía normal y justa, ya que no le pareció raro poseerla, pero que no había sabido ver desde hacía mucho. Libertad para hacer lo que quisiera durante todo el día, 12 horas de Sol por delante dispuestas a ser ocupadas.

Decidió concederse a sí mismo el capricho de un desayuno principesco, así que entró en una de las cafeterías con más solera de la ciudad, y pidió un chocolate con churros junto a zumo, tostada y un poco de queso brie. Tras esto, se acercó al parque tan frecuentado por universitarios (que a esas horas aún dormían) y, aprovechando los primeros calores primaverales, decidió disfrutar de una de sus praderas.

Sentado sobre la hierba, se sintió por primera vez en mucho tiempo libre de dejar fluir sus pensamientos, aquellos siempre retenidos por un sueño descomunal, una carga de trabajo excesiva, o un agotamiento extremo. Al verse libres, estas ideas, miedos y recuerdos se agolparon precipitadamente en la cabeza de nuestro protagonista. Por ello, se sintió muy raro, golpeado a la vez por sentimientos de alegría, de tristeza, de angustia, de miedo, de frustración, de esperanza y de duda. Sólo con asentar todas las sensaciones de lo vivido la última semana dio para mucho. Aprovechando su experiencia laboral en documentación, clasificó mentalmente esos pensamientos, tarea que le llevó, aunque él no lo apreciase, mucho tiempo, para comenzar luego a desgranar cada uno de ellos.

Se vio en ese entorno, tan dado a que las jóvenes parejas diesen rienda suelta a su amor, con los chicos bocabajo tratando de ocultar sus erecciones mientras acarician a sus parejas, intentando cada vez con más descaro alcanzar su pecho, algo que ellas cortan con un repentino sentido del pudor. El típico fondo usado por los informativos para ofrecer un nuevo informe sobre sexualidad y prevención. Al verse ahí, recordó sus años de adolescencia y primera juventud. De sus torpes y tardíos inicios en el sexo. Y de pronto se vio inundado por una sombría sensación de haber perdido el tiempo, de haber malgastado torpemente su vida.

Objetivamente, no podía quejarse de la vida que llevaba, sin problemas económicos, con casa, hermanos con los que mantenía buena relación, amigos a los que paraba de ver, y muchos planes recientes y futuros. Así que, sintiéndose culpable precisamente por tener esa sensación sombría, aparentemente sin razón, la tristeza le empezó a pesar más.

¿Por qué no era capaz de sentirse del todo feliz? ¿Por qué no podía apartar esa tristeza? ¿Dónde había perdido esa alegría? Era buena gente, buen amigo, buen hermano, buen trabajador; se lo repetían continuamente. Mucho amor que dar, pero un amor que no era bien canalizado. Él tenía un papel en el mundo, y no estaba siendo capaz de cumplirlo. Sí, era eso. Estaba fallando a su Destino, a su "guionista", a su "jefe". No estaba siendo capaz de hacer aquello para lo que le contrataron al nacer, aquel papel que tenía reservado y con el que más podría marcar a los demás y dejar su huella. Cada uno tiene un talento, o una razón para estar aquí, y él, que a diferencia de mucha gente estaba descubriendo el suyo, sentía cada vez más pesar, más agobio y más angustia. Si a un delantero le fichan para marcar y no lo hace, no importa que juegue bien. Si un político es elegido para luchar por la presidencia pero no lo consigue, no habrá servido de nada.

Pero fue descubriendo algo aún peor. No sólo estaba fuera del camino que le juntaba con su Destino. Empezó a comprender que, sin desearlo, se estaba construyendo una especie de coraza que no dejaba mostrar precisamente lo mejor de sí, que le estaba bloqueando para conseguir su sueño, su anhelo, su "presidencia". Se estaba volviendo frío y desconfiado. Estaba en una espiral de la que le costaría salir...

No le importó ser el centro de atención de las miradas cuando se las lágrimas empezaron a mojarle los pantalones. Sabía que no había consuelo posible. Que el verdadero consuelo lo escondía él mismo, bien dentro, y que la puerta que conducía a él estaba absolutamente bloqueada.



Se había levantado algo de fresco, y tenía hambre. Así que se incorporó y volvió a sumergirse en el frenético ritmo de la gran ciudad. A diluirse entre la masa, a ser, simplemente, uno más. A esconder de nuevo esos sentimientos bajo el estrés, el cansancio y el sueño.



[ Reflexión escrita en marzo de 2009]

lunes, 5 de agosto de 2013

123. Un final


Creí haber pasado ya lo más doloroso, pero no era así.

Cuando se muere alguien cercano, los momentos inmediatamente posteriores a recibir la noticia son terribles. Te mareas, tienes una cierta sensación de irrealidad, agravados encima por ser algo tan inesperado. Un accidente, sin más, en un día cualquiera, en un paso de cebra cualquiera, y de pronto todo cambia. Hay lloros, hay angustia, hay familiares destrozados...

Pero, como digo, los acontecimientos me llevaron a un hecho aún más duro. Sostenía en mis manos tus llaves, que había rescatado de tus objetos personales. Era de lo poco que llevabas encima, además del móvil destrozado, unas monedas y un paquete de tabaco. Me correspondía a mí ser el primero en pisar aquel apartamento, adelantándome a tus propios hermanos. Ese piso que tantas veces visité, con las cenas, las noches de Play y los preparativos para salir de bares.

Era la primera vez que estaba allí solo, y era una sensación muy rara. Como si estuviese poniéndome tu ropa. Como si violase tu intimidad. Me sentía incómodo en aquel sitio que había sido casi como mi segunda casa. Y comencé a comprender lo que es una vida rota, interrumpida bruscamente a mitad de la película, sin avisar, sin darte tiempo a terminar nada. Todo queda expuesto, tu intimidad revelada, y tus proyectos inacabados.

Vi aquel lienzo que habías preparado para retomar lo que nunca debiste haber dejado. Y esos libros de inglés, en los que te dejaste una pasta apenas una semana antes, para empezar el nuevo curso en la academia. Tenías mucha ilusión, porque en breve estarías preparado para ese examen oficial. Todo, proyectos inacabados, que ahora jamás retomarás. Y la sorpresa del escritorio: otro libro, este más pequeño, de bolsillo. Sí, el que te recomendé pese a tus reticencias, pero que al final habías empezado a leer sin decírmelo para darme la sorpresa. Y tu bote de monedas, ese ahorro extra que te ayudaría a organizar otra escapada de finde.

Tantas cosas tuyas, pero sobre todo tantos proyectos, tantas ilusiones, tantas cosas que se quedan a medias. Cosas que te hacían ilusión, te hacían sonreír...

Y ahí estaba yo, en tu sofá, con las lágrimas resbalando por mi cara, preguntándome por el sentido de la vida, y cómo sería el mundo si el gran Arturo, mi amigo, siguiese aquí entre nosotros. Nada sería igual, porque todos tenemos el inmenso poder de cambiar lo que nos rodea. Mi vida seguirá, y la de todos nosotros, pero alguien de golpe se ha quedado sin tinta en el boli, y no podrá escribir una sola palabra más en la historia de este mundo. Se quedó su frase a medias, no pudo ni preparar un gran final.

martes, 27 de noviembre de 2012

110. Extracto



[...]
Y esa voz me decía: "¿No ves que no es para ti? ¿No ves que no tenéis nada que ver?". Pero yo le replicaba, aparentando seguridad, y con cierto desdén: "Claro que tenemos que ver; nos reímos, nos gusta decirnos cosas bonitas... y siempre me dedica esas sonrisas tan especiales."
Pero esa voz me respondía terca: "Claro que os gusta decir cosas bonitas, eso le gusta a todo el mundo; ¿a quién no le emociona un 'te quiero'? Y sí, te sonríe, con cariño, con aprecio, con esa seguridad que da tener a alguien pendiente de ti. Pero, ¿te ves con ella? ¿Acaso crees tener realmente oportunidades con ella, o es sólo lo que tú quieres creer? Y, si al final fuese así, ¿cómo crees que sería una vez pasada esa emoción inicial? A ella no le gustan los deportes como a ti, odia ir a nadar, su música te resulta rayante, y sus amigos te parecen superficiales. Sí, es mona, te puede valer para calentarte la cama y sentir ese cosquilleo. Pero no para lo que tú buscas. Y te dañará, porque estáis en mundos distintos. Y porque la edad importa, por mucho que digas".
"Bobadas", le digo yo. "Entiendo lo que me dices, pero es distinto. Esas diferencias son salvables. Quiero pasarlo bien con ella y ya se verá".
"Lo sé", suena su voz en mi cabeza, "pásalo bien si quieres, pero al final sufrirás. Aunque ese sufrimiento, en realidad, es lo que necesitas. Para que por fin llegues donde tienes que llegar".
"Y ¿dónde es eso? Y tú, ¿quién eres?".
"Llegarás aquí. A donde yo estoy. Porque dentro de un tiempo tú estarás en el lugar donde yo estoy, y recordarás este momento. Y verás que da igual quién sea yo; porque lo entenderás todo".
[...]

lunes, 19 de noviembre de 2012

109. Encuentro


[ Mini-relato rescatado de mi antigua web ]


No dejaba de mirar las escaleras. En cualquier momento aparecería ella. El momento que llevaba esperando todo el día por fin llegaba. No había podido concentrarse en toda la mañana, y en la comida se había quedado embobado mirando la ensalada, removiendo miles de veces la lechuga, provocando las risas de sus compañeros.

Volvía de nuevo a sentir esa sensación, esa ilusión sólo comparable a la que siente un niño la noche previa a los regalos de Navidad. Se sentía el hombre más afortunado del mundo.

Al fin, esa figura femenina bajó el último tramo de escaleras y llegó al portal. Ahí estaba. ¿Era posible que estuviera aún más guapa que un mes atrás, cuando comenzó el viaje? Unas lágrimas surcaban las mejillas de la joven cuando se abalanzó sobre él para darle ese abrazo que le prometió cuando partió. él sintió ese escalofrío en todo su cuerpo al sentirla pegada a él, al respirar su perfume, al acariciar la suave piel de su espalda, al sentir sus pechos contra su torso. Una sensación de paz, bienestar y seguridad se apoderó de él, completándose con una inevitable erección que, se dijo, seguro notó ella.

Cuando sus labios encontraron los de ella, esa energía, esa seguridad, esa excitación, fueron compartidas, e hicieron de ambos un solo ser. Las piezas volvían a encajar, todo estaba en su sitio. La Tierra podía seguir girando.

Cuando estaba con ella, cuando iba a su lado, o simplemente cuando leía un mensaje suyo, el sol brillaba con más intensidad, el aire era más puro, las flores tenían colores más vivos y la gente se mostraba más amable. Era la definición de felicidad. La razón de la existencia, el sentido de la vida.

Estaba muy feliz. Sin embargo, de pronto, bajándole de su nube, sonó una música que le era familiar.

Mierda. El despertador.

Se levantó asimilando aún que todo había sido un sueño. Como los últimos 30 años, llenos de sueños no cumplidos. Y, a medida que pasaba el tiempo, iba perdiendo la esperanza. Se refugiaría en los sueños siempre. Seguiría compartiendo su cuerpo con semidesconocidas, sustituyendo la felicidad por momentos de placer.

Y esperaría a la noche. Su paso a una realidad paralela, donde nadie le podría negar esa felicidad.

Pero seguiría llorando al despertar.


06/2006


viernes, 2 de noviembre de 2012

106. Lluvia en la ventana


La lluvia golpea la ventana. Una lluvia fría y constante cuyo repiqueteo en el alféizar me tiene atrapado.

La lluvia es como las vidas de todos nosotros. En un momento está muy presente, pero pasa; se acaba, sale un nuevo sol, y al cabo de un tiempo nadie se acuerda. La vida que he disfrutado contigo ha sido muy intensa, y ahora que se acaba, duele, mucho; pero pasará un tiempo, unos años, y todos los que manteníamos un recuerdo tuyo también moriremos. Y tu vida, el recuerdo de tu existencia, quedará borrado para siempre.

Por eso me gusta disfrutar de la lluvia, porque sé que dentro de unos meses nadie se acordará de que precisamente hoy estaba lloviendo. Y dejo la habitación del hospital, donde esa máquina respira por ti, y salgo a mojarme la cara, a oler esa tierra mojada y a notar cómo resbalan las gotas por mi cuello. Esas gotas que desaparecerán para dejar paso a otras.

Esta lluvia es única. No seas tan bobo como para perdértela. Porque pasará irremediablemente al olvido.

jueves, 22 de marzo de 2012

089. A los sesenta




A Óscar le costó un poco atinar con la llave para abrir la puerta de su casa. Aún estaba débil por la operación, aunque la recuperación había sido buena, y además sus habilidades motrices seguían mermándose a pasos agigantados.

Estaba cansado, no sólo físicamente, sino también anímicamente. Era uno de esos días en que se sentía cansado de vivir. Uno de esos días en que notaba todos y cada uno de sus más de 50 años sobre la espalda.

Se derrumbó sobre el sofá, sin acordarse del roto que había en el respaldo y que aún seguía pendiente de arreglar. Se propuso a sí mismo preparar algo antes de que llegasen sus amigos, aún sabiendo que era inútil, pues jamás reuniría las fuerzas para levantarse de aquel sofá. Tenía todo lo que necesitaba para pasar ese par de horas: el mando a distancia de la tele y un vaso de agua que había cogido en la cocina.

Sin embargo, como tantas otras veces, en lugar de encender inmediatamente la tele para tirarse dos horas haciendo "zapping", se quedó mirando a un punto indeterminado en la pared, enfocando al infinito, absorto en sus pensamientos. Y es que era uno de esos días en que un denso humo de melancolía flotaba en el ambiente, y no le iba a dejar respirar con normalidad. Pensar en sus amigos le hacía pensar inevitablemente en ella.

"Mira Óscar, esta es Irene", les había presentado su amigo común Rober. Aquella compañera de curro que poco a poco fue integrándose en el grupo y que finalmente se había ganado la confianza de Óscar. Viajes, películas, excursiones y cafés que crearon un vínculo fuerte en el grupo de treintañeros y crearon en Óscar esa sensación de seguridad y felicidad que siempre había estado buscando. Una sensación que, se decía a sí mismo, no llegaría a más. Recuerda cómo se prohibió pensar en otras cosas, y cómo esquivó las evidentes oportunidades que tuvo de compartir con ella algo más que las risas cómplices del grupo de amigos.

Su clásica educación le hacía esperar esa especie de relación perfecta, de enamoramiento ciego y de seguridad plena, y las dudas sobre el futuro de Irene (un posible traslado al extranjero que al final se confirmó) impedían esa perfección y por eso se negó a intentarlo siquiera.

No sería justo decir que se arrepiente, quizá hizo lo correcto. Quizá ella se hubiera marchado igual y seguramente habría sufrido mucho. Pero era imposible dejar de sentir esa sensación de fracaso, de haber perdido una oportunidad. Esa maldita sensación de soledad, y ese vacío en la mitad de la casa. Ese "algo" que lo amigos no podían ocupar, que quedaba siempre y que atacaba cuando ellos se marchaban y él se ponía a prepararse la cena.

La peor sensación era la de haber perdido tiempo; la de no haber sacado el jugo a la vida, de enredarse en tonterías. Qué de días soñaba con volver 30 años atrás, y dar un par de collejas a su "yo" post-adolescente para que se lanzase al vacío y se quitase el arnés de la desconfianza.

Cuando recupere fuerzas en unos días, se dijo, tengo que dar la vuelta al colchón, mi lado está ya demasiado hundido.



lunes, 5 de marzo de 2012

087. A oscuras



La oscuridad inunda la habitación. La película ha terminado y nos ha encontrado abrazados, el uno junto al otro, sin querer que ese momento termine. Cuando al fin te levantas del sofá, nuestros labios imantados se resisten a estar muy separados, y te quedas ahí, a escasos centímetros, notando mi respiración. Sabemos que estamos jugando en terreno peligroso, que no debemos, que por fuerte que sea la tentación tenemos que mantener la distancia.
Pero tu boca y mi boca se buscan, casi se sienten sin llegar a tocarse.

"Bueno, ¿enciendo la luz?", digo con un hilo de voz, sin mucha convicción. Tu "no" queda expresado sin palabras, al agarrarme suavemente del brazo pidiéndome que no rompiera ese momento. Mejor así. Noto tu sonrisa en la penumbra, tus ojos que me miran con una mezcla de pasión y culpa. Tu mano en mi brazo se desliza, me acaricia, estamos cada vez más cerca. No queda espacio entre nosotros. Te abrazo suavemente, sin dejar de mirarte. Mientras paso mis labios por tu cuello noto cómo se eriza tu piel, y tu boca en mi oreja suelta un leve suspiro. Tu mano en mi pelo, jugueteando en mi nuca.
Nuestros labios se buscan y se encuentran al fin, y noto tu calidez pasando a mi cuerpo, y tu lengua juguetona repasando mis labios. Nos besamos muy lentamente, olvidando la realidad, sintiendo esa chispa eléctrica que nos recorre y nos enciende.
Mis manos sigue recorriendo tu cuerpo, ya debajo de tu camiseta, subiendo por toda tu espalda. Las tuyas en mi cabeza, suaves pero firmes, como queriendo asegurarte de que no nos vamos a separar. Nuestro beso se va volviendo más apasionado, nuestro ritmo se acelera, tu respiración se agita, gotas de sudor aparecen en mi cuerpo. Quiero sentirte bien, quiero que nada nos impida disfrutar el uno del otro, así que te levanto los brazos y saco tu camiseta. Mucho mejor. En la oscuridad recorro tu cuerpo, que ya lo conozco bien, y mis dedos se paran traviesos en los puntos que más te gustan...

Más de una hora continuamos con este juego de pasión, de intimidad, de sentirnos por un momento el uno para el otro. Un juego que comienza en un sofá y que nos encuentra desnudos, sobre la alfombra, con una oscuridad casi absoluta, convirtiendo nuestros dedos en grandes receptores de placer, haciendo que tú y yo conozcamos nuestros respectivos cuerpos a la perfección, mucho más que cuando nos hemos visto a plena luz del día.
Una noche inolvidable, con fecha de caducidad, con una mañana que nos separará como otras veces, asegurándonos que no volverá a pasar. Pero sabemos que no será así de fácil, que como hoy leí por ahí, un error común del ser humano es tratar de sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.

No sé qué nos deparará la vida, pero esa noche nunca la olvidaré. La noche en que fuimos uno, y en la que la única electricidad fue la que hubo entre nosotros.


miércoles, 15 de febrero de 2012

086. Un día más

[ Rescatado de mi antigua web, escrito en 2006 ]


No sé qué dirección tomar. Todo se mueve demasiado rápido alrededor. Cosas que no comprendo. Objetos desconocidos para mí. Televisores de plasma se mezclan con pingüinos mágicos, mientras al fondo la taza con café se altera. El entorno va cambiando de color; sin darme cuenta, todo se ha quedado en tono sepia. Sí, alguien ha cambiado el modo de color. Vaya, vuelvo a estar dentro de la cámara. Espero que no se acabe la batería esta vez. Que dé tiempo a hacer la foto y descargarla; quedaría conojuda para el Fotolog. Pero creo que me muevo demasiado, no saldrá bien... Argh, esa música. Vuelve a sonar de fondo. ¡No, por favor! Otra vez no, siempre igual... ¡dame una tregua!

Me temo que es inevitable. Mierda, el puto despertador, como todos los días. Cojo el móvil, lo apago y lo meto conmigo en la cama. Volverá a sonar dentro de 10 minutos. Me coloco bien, de costado, disfrutando el lado más cómodo de mi almohada. Me pregunto por qué siempre me despertaré en esas posturas tan raras. Me va a doler el cuello hoy, para variar. Pero me empieza a dar un masaje, estamos desnudos en su cama. Esas manos suaves pero firmes a la vez, que me hacen sentir cada uno de mis músculos. En cuanto terminemos, nos bajaremos a la cafetería, que hemos quedado allí con la rusa que conocimos el otro día para darle unos apuntes. Lo más importante es no perderse en el laberinto que nos lleva allí. Oh, no puede ser... ¡esa maldita música!

Joder, me había vuelto a dormir, no me había dado tiempo ni a taparme con la sábana. Venga chico, esta vez sí que hay que levantarse. Que hoy quieres llegar pronto para salir antes. Reúno unas fuerzas que creía que no poseer, y de un golpe me quedo sentado al borde de la cama. Vale, lo difícil ya está hecho. Ahora hay que terminar de levantarse y arrastrarse hasta el baño, donde, después de bastante agua fría, conseguiré abrir los ojos. Eh... ¿cámara de fotos? ¿chica rusa? Dios mío, cada día sueño cosas más raras. No volveré a cenar tan tarde. Ay, el cuello, eso no ha sido un sueño. Voy a pasarlo mal hoy.

Aún con los ojos cerrados, enciendo el móvil, desactivo la alarma y me levanto al baño. Abriendo un sólo ojo, empiezo a mear, tarea que se dificulta por el conocido estado en que nos despertamos a menudo los tíos. Me lavo las manos y la cara, y con ello consigo abrir los ojos, aunque aún me costará un rato acostumbrarme a la luz.

Ay, ¿por qué no me acosté antes? ¿Por qué llevo años haciéndome la misma pregunta todas las mañanas?

Hombre, hola Socs. Has tardado en reaccionar tú también, ¿eh? Las mañanas también son duras para los perros, especialmente si son tan vagos como tú. Ahora bajamos, espera que me visto. Vale, están todas las camisas de manga corta para lavar. Hasta mañana no se pone lavadora. Así que hoy toca camiseta. Venga, vale, la azul. Total, hoy no he quedado con nadie después del curro, no hace falta que me arregle mucho. Me la pongo, junto con los pantalones, calcetines a rayas y zapatos. No pegan nada esos calcetines con los zapatos negros. Aún me pregunto por qué llevo zapatos al trabajo, si podemos ir como nos dé la gana.

Socs, tío, ¿ya estás tumbado otra vez? Estás repleto de actividad, ¿eh? Pues aprovecharé y desayuno antes de bajarte. Un café que espero sea suficiente para no tener que recurrir a la mierda negra que sale de la máquina de la oficina. Y un par de magdalenas. Ah, amigo, con esto si te levantas ¿eh? Ha sido escuchar la bolsa abrirse y ya estás aquí. No sabes tú nada. Por si cae algo.

Joder, ¡mira qué hora es! Mensajito a mi amigo: no me esperes a las 8, que no llego, voy más tarde. En fin, otra vez a ir solo. Yo no sé cómo lo hago.

Vamos, máquina de producir pelos, nos bajamos. Ah, fantástico, ahora te pones a comer. Siempre me haces la misma. Bueno, me voy lavando los dientes y preparando la cartera. Nos bajamos, hoy la vuelta será rápida. Olisquea un poquito en este trozo de césped, haz tus cosas y nos subimos. Tarde, tarde, tarde. Espero que hoy el metro no haga de las suyas, y pueda llegar a una hora razonable.

Al llegar a la boca de metro (andando, claro, nunca pasa el autobús cuando se necesita), me asaltan los repartidores de periódicos. Cojo varios, aunque el que me gusta ya se ha agotado. Bajo las escaleras guardándome todos los periódicos con una mano mientras con la otra voy sacando el Abono. Joder, la típica niña estúpida que no sabe meter el ticket en la máquina. ¡No es necesario estudiar un Máster! Vale, ya estás estresado y acabas de salir de casa, calma. Llegamos al andén. Hasta el culo, claro. "... de entre 5 y 10 minutos, rogamos disculpen las molestias. Muchas gracias". ¡Cómo no! Otro tren estropeado, otra estación inundada, u otra huelga de conductores. La razón no importa, lo único que cuenta es que otra vez llego tarde y cabreado. Y la puta señora ésta dando codazos para ponerse donde se abre la puerta... ¡como si aspirase a sentarse! Confórmate con poder respirar dentro del vagón.

Se sigue acumulando gente en el andén y, mientras, te preguntas si no habrá decidido dejar de circular y nos está tomando a todos el pelo. Te mantienes en el borde del andén, sin pisar la línea amarilla de seguridad, y piensas lo fácil que sería para alguien un poco perturbado dar un empujón y hacer caer a unos cuantos a las vías. Ante eso no podrías hacer nada, salvo ver acercarse irremediablemente esas luces hasta notar un seco y duro golpe, seguido inmediatamente de varias toneladas aplastando tus miembros, provocando un intensísimo pero breve dolor. Sería una muerte rápida. Uf, imagina qué impacto. Decenas de personas corriendo, un grupo reteniendo y hasta apaleando al loco homicida, los vigilantes de seguridad desconcertados, el conductor del metro con la cara descompuesta observando los hilos de sangre que escurren por el cristal de la cabina...

El ruido de los vagones entrando en la estación me devuelve a la realidad. Joder, estaba dormido con los ojos abiertos. Las cosas que es capaz de producir mi imaginación... La gente se empieza a poner nerviosa para no perder su sitio junto a la puerta. Y mi vena del cuello se hincha. Oh, sorpresa, el vagón viene repleto de gente. Observas los carteles pegados a los cristales... ¡Ah, no, si son las caras de los viajeros que luchan por respirar! Cuando se abren las puertas, se produce un fenómeno de descompresión que hace que la gente salga despedida. Pero la gran educación que demuestran muchos les impide dejar un pequeño pasillo para que puedan salir los que desean hacerlo. Así que se forma una especie de meleé con los empujones y patadas de los que salen, y codazos de los que entran. Te ganas unos cuantos enemigos y te sumas, casi involuntariamente, a la masa que hace fuerza por entrar. De repente, no sabes cómo, estás dentro del vagón. Bueno, "dentro" es un decir, porque medio cuerpo tuyo asoma por la puerta. Bua, comodón, que eres un comodón, ahí caben 2 ó 3 personas más. Y no es una exageración, porque, de hecho, un par de personas más intentan entrar y, sorprendentemente, lo consiguen. En fin, ya hemos formado una masa compacta, ya no se mueve nadie. Y respiramos de forma alterna, porque si intentásemos hinchar el pecho todos al mismo tiempo, no podríamos.

Me empiezan a caer las primeras gotas de sudor por la frente. Y no me puedo ni secar, a saber dónde están mis manos. Ya estamos preparados para salir, pero el conductor no debe de pensar lo mismo. Y ahí seguimos, unos minutos más, con las puertas abiertas (lo que provoca algún intento más de sumar viajeros al vagón), ahogándonos y sudando. Y compruebo que hay gente que no usa desodorante. Me empieza a doler la cabeza. Mis instintos asesinos se disparan. La mujer que está sentada justo a mi lado emite un gruñido de queja porque medio cuerpo mío ocupa parte de su "espacio". Joder, tú vas sentada, que se te ocurra quejarte. No respondo de mis actos.

Durante el trayecto se para, cómo no, varias veces en mitad del túnel. Incluso durante breves momentos se va la luz. Pienso que mi idea de empezar a asesinar gente a mi alrededor no sería muy efectiva, porque tal y como vamos, seguirían de pie, aplastándome. Muertos, pero perfectamente encajados en su sitio. En alguna que otra estación, obviamente también repleta, los impotentes usuarios empiezan a gritar y quejarse por no poder subir, argumentando que desde dentro estamos empujando hacia fuera para que no entre nadie. Sí, tienen razón, en realidad es que quiero mantener libres mis 10 metros cuadrados para darme un bailecito en el trayecto...

Cuando por fin llego a la estación donde hago el trasbordo (a la hora a la que ya debería estar desayunando en la oficina), sigo al grupo de gente, cual borrego, hasta el andén de la otra línea. Aquí se repiten las escenas anteriormente relatadas, con la diferencia de que en esta estación hay personal de seguridad que te indica cuándo no cabe nadie más en el vagón. Uy, ilusos, si ahí hay sitio para varias personas más; si vieses cómo he venido hasta aquí... La única diferencia en este segundo trayecto es que en este vagón, aprovechando que hay suficiente espacio como para mover el brazo, saco el libro y leo un rato, intentando evadirme de la realidad que me rodea.

Llego a la oficina tarde, sudando, cabreado, estresado, y encima no quedan bollitos de chocolate. Y cuando me siento descubro que no han arreglado el aire acondicionado.

Ay...

Aún quedan muchas horas por delante, esto no ha hecho más que comenzar...



martes, 14 de febrero de 2012

085. Amor es...


[ Relato cursi escrito en 2006 ]



Amor es dedicación.
Amor es entrega.
Amor es felicidad.
Amor es sentir cosas nuevas cada día.
Amor es no comprender la vida sin el otro.
Amor es encontrarte con una sonrisa de tonto en cualquier situación.
Amor es pasarlo mal en las despedidas.
Amor es imaginar un futuro juntos.
Amor es cosa de dos.
Amor es fidelidad.
Amor es sinceridad.
Amor es confianza.
Amor es satisfacer los deseos del otro antes que los tuyos propios.
Amor es fuego, pasión, chispa.
Amor es salir antes del trabajo para sorprender a tu pareja.
Amor es ese qué se yo, que yo que sé.
Amor es un mensajito de sólo 2 palabras en el móvil, "te quiero".
Amor es un abrazo después del sexo.
Amor es hacer locuras.
Amor es gritar su nombre a los cuatro vientos.
Amor es un regalo fuera de fechas señaladas.
Amor es apoyo.
Amor es recordar cada minuto del primer día juntos.
Amor es ser incapaz de dejar de hablar de él.
Amor es compartir silencios sin que resulten incómodos.
Amor es respeto.
Amor es disfrutar de las pequeñas cosas.
Amor es querer conocer a sus amigos.
Amor es querer presentarle a tus amigos.
Amor es animarle a que salga con sus amigos.
Amor es aceptarle y no tratar de cambiarle.
Amor es pensar que el día ha merecido la pena sólo por verle sonreír.
Amor es descubrir lo que le hace feliz y tratar de conseguirlo.
Amor es provocarle náuseas a tus amigos con cursilerías.
Amor es llorar con todas las películas románticas.
Amor es pasar noches en vela.
Amor es una boda íntima.
Amor es olvidarse del "qué dirán".
Amor es algo incontrolable e inexplicable.
Amor es química, es física, poesía y magia.
Amor es un juego en el que ambos jugadores pueden ganar.
Amor es no encontrar a la persona perfecta, sino aprender a creer en la perfección de una persona imperfecta.
Amor es tardar una hora en conocerle y solo un día en enamorarte, pero necesitar toda una vida para lograr olvidarle.
Amor es no querer dormir por la noche, porque tu vida real supera a tus sueños.
Amor es querer para la otra persona únicamente su felicidad, incluso si tú no se la puedes dar.
Amor es preferir un minuto con él a una eternidad sin él.
Amor es cosa de locos; amar cuerdamente es como no haber amado nunca.
Amor es dar el primer beso con los ojos, no con los labios.
Amor es escuchar a la cabeza, pero dejar hablar al corazón.
Amor es la capacidad de reír juntos.
Amor es lo que mueve el mundo ^^


viernes, 27 de mayo de 2011

061. Volver a sentir

Las sábanas se siguen arrugando tan sólo en mi lado de la cama. Cada noche, mi cuerpo desnudo se tumba, gira de un lado a otro y termina abrazando la almohada. Estos brazos estaban acostumbrados a tener sustento, a buscar un compañero que me lleve a esos sueños, a empezar a soñar antes de cerrar los ojos.

Me despierto en la noche, bebo agua y miro la otra almohada, bien colocada, sin arrugar. Cierro los ojos con fuerza obligándome a evadirme y volver con mi fiel Morfeo.

Y es así al despertarme, al mirar las nulas llamadas o mensajes en el móvil por la mañana. Al comer, o al llegar a casa, cansado, con ganas de compartir muchas cosas. Solo.

Hace tiempo que no hago la cama. Total, sólo se arruga un lado de las sábanas. El otro sigue liso y colocado. Y frío. Al final, las cosas que se dejan sin tocar se quedan frías. Yo mismo lo estoy, y lo peor es el temor de que una simple llamita no sea capaz de calentarme.

jueves, 2 de diciembre de 2010

040. Días de Otoño

Primeros días de noviembre. Mañana fresquita, pero soleada. Sol de Otoño. No tienes ninguna obligación este día. Quedo con él y salimos al campo los 2 con el perro. Nos llevamos algo de comida y pasamos el día en el césped, entre hojas secas en el suelo, y aprovechando el ligero calorcito que proporcionan los rayos de sol. No hacemos nada en concreto. Miramos el entorno, los árboles anaranjados, los pájaros machos intentando atraer a las hembras con sus cantos. Comemos fruta. Hablamos. Reímos. Nos abrazamos. Vemos cómo empieza a oscurecer.

Recogemos todo, y volvemos a la ciudad. Ya hace bastante fresquito. Nos vamos corriendo a casa, que estoy solo. Nos duchamos, con el agua bien calentita. Nos preparamos unos chocolates calientes, y nos los tomamos mientras vemos una peli tumbados en el sofá.

Hacemos el amor delicada y pasionalmente a la vez. Ya hubo algo en la ducha antes.

Nos dormimos abrazados en la cama, bien tapaditos con el edredón. Prontito, que al día siguiente hay que hacer cosas.

Pero eso da igual, porque hoy ha sido el día perfecto.



[ Escrito en 09/08/2005 ]