El día de San Valentín, un día después de cumplir los 23 años, mis amigos me llevaron a la perrera. Y allí te encontré. Entre todos tus hermanos, tú me conquistaste. Y ese pequeñín mestizo de apenas 3 semanas de vida, que no sabía ni dónde estaba ni dónde iba, era rescatado de ese abandono.
Te puse ese nombre como una adaptación extraña de Socks, por tus patitas blancas simulando calcetines. Tenía un nombre reservado para ti, pero eso no se elige; tú me diste la clave de tu nombre.
Te salvé de ahí, de donde tenías difícil salir (¡erais demasiado grandes!). No supe nunca qué fue de tus hermanos, espero que corriesen todos la misma suerte. Me recompensaste con creces. Desde el primer día, tu fidelidad y cariño me han acompañado. No eras el perro que con más energía se lanzaba a su dueño, pero no podías soportar que me alejase mucho de ti.
Has estado pegado a mí 15 años, para lo bueno y para lo malo. Me has impedido hacer cosas, me has limitado mucho. Te he bajado a la calle con fiebre, he llegado tarde por curarte alguna herida, tus dos últimos años impediste que durmiese ni una sola noche del tirón. Pero, de verdad, si volviese atrás en el tiempo repetiría todos y cada uno de los momentos contigo.
Se me hace raro, se me hace muy raro que no estés aquí. No sacarte cada mañana, no ver tu cara a mi lado cuando me siento en el sofá, no escuchar tus patas por la tarima, no recibirte en la cocina cada vez que me hago la comida. Te echaré mucho de menos, y jamás podré olvidarte.
Me has acompañado en mis mejores momentos. Todas las personas importantes de mi vida te han conocido. Me has soportado, me has escuchado, me has consolado. Casi toda mi vida adulta la tengo asociada a ti.
Gracias, compañero de vida. Gracias, amigo.
Hasta siempre. Buen viaje.





















